Historicidad de Jesús

Publicado en Historia o parahistoria el 25 de Septiembre, 2007, 9:34 por themackintoshman

Los cuatro Evangelios son unas biografías fragmentarias de Jesús de Nazaret con una finalidad eminentemente religiosa y pastoral, ya que los Apóstoles no pretendían en su predicación satisfacer meras curiosidades históricas, sino exponer los hechos y doctrinas fundamentales de Jesús, sentando las bases de la fe en Él como Mesías, Hijo de Dios y Salvador de la Humanidad; sin embargo, a través de los relatos evangélicos es fácil sorprender el trasfondo histórico de la sociedad en la que vivió Jesús, y confrontarlo con los datos que nos proporcionan las obras de Flavio Josefo, que escribe seis lustros después de Jesucristo, y con otros escritos rabínicos, y aun con los de los historiadores romanos Tácito y Suetonio.

Datos históricos en los Evangelios

La figura de Jesús no es un fantasma histórico proyectado en una época incontrolable dentro de la Historia universal. Jesús aparece en una de las épocas más lúcidas de la Historia antigua, en una encrucijada geográfica bien conocida por los historiadores romanos. San Lucas precisa bien los contornos históricos de los tiempos en que se inicia la predicación del Maestro de Nazaret: «El año quintodécimo del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, tetrarca de Galilea Herodes, y Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de la Traconitide, y Lisania tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto...» (Lc 3,1-2). Todos estos personajes son controlables por la crítica histórica a base de textos extraevangélicos, desde el emperador reinante hasta los minúsculos reyezuelos de Palestina que señoreaban el país después de la muerte de Herodes.

A través de los escritos de Flavio Josefo podemos conocer el ambiente social, político y religioso de los tiempos inmediatos a la insurrección contra los romanos por los años 60 de nuestra Era. Los relatos evangélicos reflejan el estado de semiindependencia en que se encontraba la sociedad judía antes de la explosión nacionalista: los distintos partidos políticos y religiosos que aparecen son los mismos y tienen idénticas características que los descritos por Flavio Josefo. Así, dice acertadamente L. de Grandmaison: «La sociedad palestina anterior a estas grandes conmociones y en un estado de relativo equilibrio es la que nuestros Evangelios suponen y pintan con exactitud maravillosa. El horizonte es limitado, el de Galilea y Judea. Todas las alusiones dicen relación a las costumbres, al lenguaje y a los hábitos de espíritu y condiciones que prevalecían bajo el hijo de Herodes. Aquel pequeño mundo revive con el increíble eslabonamiento de sus autoridades imperial, real, nacional y aristocrática. La magistratura del Sanedrín es todavía competente y temible; es capaz de arrojar de la Sinagoga...; los cambios visibles, y lo que se podría llamar la danza de los sacerdotes en las manos de Agripa y, después, de los procuradores romanos, no ha comenzado todavía. Los partidos tan característicos se disputan ya su influencia: saduceos, llenos de altivez, herodianos oportunistas, fariseos y hasta celotas. Pero aún no se habían levantado los unos contra los otros, como lo hicieron en el tercer cuarto de siglo; y los extremistas no dominan aún. Todo el aparato ritual, social e internacional del Templo, los sacrificios, los impuestos, las fiestas, las solemnidades son respetados como sagrados, están llenos de esplendor. El sabatismo exagerado de los casuistas, el lujo de las grandes familias sacerdotales, la afectación de los puritanos orando en las plazas..., la autoridad de los escribas y doctores, sentados en la cátedra de Moisés. Todo nos remite a una sociedad aún no dividida profundamente, ni amenazada, ni incierta del porvenir, al judaísmo todavía floreciente del segundo cuarto de nuestro primer siglo» (Iésos-Christ, Sa Personne, son Inessage, ses preuves, 1, París 1928, 123).

En efecto, la coincidencia sustancial de los datos evangélicos y de los escritos judíos es notoria, ya que no se ha podido señalar ninguna contradicción entre esta doble serie de fuentes, lo que es una garantía de honestidad histórica en los relatos evangélicos. Aparte de esta armonía con el ambiente histórico y socio-religioso de la época, el mismo modo en que están redactados los Evangelios ofrece una nueva garantía de seriedad historiográfica; son escritos sobrios y fragmentarios, sin pretensiones de reconstruir totalmente los hechos. Los Apóstoles, al predicar, daban datos sobre la vida de Jesús, no tanto para satisfacer la curiosidad histórica de su auditorio, cuanto para enmarcar históricamente o para destacar sus afirmaciones doctrinales. Son fundamentalmente unos catequistas -«ministros de la palabra»- que buscan convencer y conmover religiosamente a sus oyentes para que acepten el mensaje sobrenatural del Maestro venerado que se ha manifestado como Mesías e Hijo de Dios y con una finalidad salvífica hacia todos los hombres. Por eso, los relatos evangélicos, basados en la predicación apostólica, resultan a veces desconexos y fragmentarios, aunque sin cuadros artificiales ni rellenos literarios. Un autor falsario, que hubiera pretendido forjar una biografía completa de Jesús conforme a las exigencias dogmáticas de la segunda generación cristiana, habría rellenado los vacíos históricos de la vida del Maestro, completando posibles afirmaciones fragmentarias y oscuras, etc. En cambio, los relatos evangélicos presentan con naturalidad los hechos como emanados de testigos oculares; y los detalles históricos sólo aparecen cuando sirven para destacar el mensaje doctrinal.

Otros indicios de historicidad de los relatos evangélicos son el empleo de frases y términos que estaban en uso en tiempos de Jesús, y que en cambio no vuelven a aparecer en la primera generación cristiana. Así, la expresión Hijo del hombre, tantas veces empleada por el Maestro, tiene pleno sentido en el ambiente de expectación mesiánica de la sociedad judía de los tiempos de Jesús, pero no vuelve a emplearse en la literatura apostólica. Otro tanto se puede decir de las frases Reino de los cielos o hijo de David, que en la terminología de los escritos apostólicos es sustituida por sus equivalentes de Iglesia y Señor o Kyrios. Todo esto prueba que los relatos evangélicos reproducen lo escuchado por los contemporáneos del Maestro. Además, los lexicólogos destacan el fondo aramaico de las parábolas y expresiones de Jesús, particularmente en la formulación rítmica del Padre nuestro. ¿Cómo un autor greco-romano habría de emplear la expresión aramea «santificado sea tu nombre», si no existiese una tradición antigua que provenía de los mismos labios del Maestro? Incluso las enseñanzas evangélicas fundamentales se hallan en los relatos de los Sinópticos en un estado embrionario, sin haber adquirido el desarrollo teológico de las epístolas de S. Pablo, algunas de las cuales son anteriores a la redacción de los primeros Evangelios. Un autor falsario, tratando de reflejar la fe de la primera comunidad cristiana, habría concretado y explicitado más los conceptos teológicos conforme a los esquemas doctrinales del Apóstol de las gentes.

No se concibe que un admirador de los Apóstoles hubiera resaltado la rudeza de éstos y su falta de comprensión del mensaje de Cristo, como aparece en los relatos evangélicos. Todo esto arguye arcaísmo y autenticidad documental. Y así, reconocen que antes de la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés no habían comprendido plenamente el misterio profundo sobrenatural de la Persona y mensaje del Maestro.

Las intervenciones y declaraciones de Jesús son extremadamente sobrias, conforme a las circunstancias, huyendo de toda fantasmagoría imaginativa al estilo de los libros apócrifos. Por eso, su carácter mesiánico y su dignidad divina se manifiestan gradualmente y por revelaciones escalonadas. Nada de espectacular o artificioso: lo humano se conjuga admirablemente con lo divino en su Persona, y habitualmente el velo de su humanidad encubre los esplendores de su divinidad. Sus milagros no son manifestación ostentosa de un mesianismo triunfalista y aparatoso, sino que los realiza sencillamente y a veces como contra su voluntad para remediar una necesidad o confirmar la fe del auditorio. Su carácter mesiánico y su naturaleza divina se desprenderán, no tanto de hechos desconectados, como del conjunto de su vida y doctrina. Un autor falsario hubiera evitado las frases veladas que emplea en los comienzos Jesús al enunciar sus pretensiones mesiánicas. Sólo cuando culmine su obra manifestará paladinamente ante el Sanedrín su carácter superior trascendente y su dignidad mesiánica conforme a las profecías de Daniel (Mt 26,64).

Los Evangelios sinópticos no están escritos por personas que tengan la obsesión de divinizar a Jesús a toda costa, sino que ofrecen con naturalidad el testimonio de su figura y su actuar humanos, sin temor de rebajarlo de su condición divina. Sabemos que algunos copistas de los s. III-IV se atrevieron a pasar por alto algunos relatos evangélicos, porque les resultaban escandalosos o contrarios a la dignidad del Maestro, como el sudor de sangre y su estado de postración, en Getsemaní, o el perdón de la adúltera. Si los relatos evangélicos fueran obra de un falsario posterior a la generación apostólica, habría callado todo lo que parecía comprometer la dignidad divina del Maestro ante los fieles que le reconocían como Dios; y así, habría sacrificado la humanidad de Jesús en beneficio de su divinidad. En cambio, los evangelistas relatan con naturalidad los hechos y las palabras de Jesús, aun las que pudieran parecer desconcertantes a ciertos lectores. No tratan, pues, de «idealizar» la figura humana de Jesús.

En efecto, el Cristo de los Evangelios es el Jesús real, el Jesús de la historia, que con sus profundidades psicológico-teológicas es el mismo Cristo que proclama la fe en las primeras generaciones cristianas, en cuanto que en la figura, hechos y declaraciones históricas de Jesús se halla todo lo que explícitamente y de modo más claro se formulará en las confesiones litúrgicas sobre Cristo. No hay contraposición entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, sino explicitación entre ambas perspectivas, o manifestación teológica de hechos históricos con hondas implicaciones doctrinales. S. Pablo desentraña ampliamente esas virtualidades en orden a la vida de la fe de los cristianos. Esto prueba que tres lustros después de la desaparición del Maestro existía en la Iglesia primitiva un esquema teológico-dogmático ya claro, que servía de base a la fe de los creyentes. El fundamento de estas formulaciones dogmático-litúrgicas se halla en los hechos históricos y la tradición apostólica que recogen los relatos evangélicos. Por eso, en las diversas iglesias cristianas esparcidas por los lugares más lejanos del Imperio romano se profesaba la misma fe sobre la vida y mensaje doctrinal del Maestro; y esto es una prueba de que todos los predicadores apostólicos se hacían eco de unos mismos hechos históricos de la vida de Jesús.

Los Apóstoles son tajantes en su afirmación de la verdad de los hechos históricos a los que se refieren, y en no admitir que se pongan en duda o se introduzcan innovaciones o interpretaciones que se aparten de esos hechos y de la doctrina de Cristo: «no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares de su majestad», dice S. Pedro (2 Pet 1,16). La permanencia en la doctrina recibida, contra los falsos doctores y los «seductores que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne» (2 lo 7), es el tema de la segunda Epístola de S. Juan y de otros escritos apostólicos; S. Pablo, tratando otro asunto, pero enunciando un principio de valor general, llega a escribir a los Gálatas: «aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio, distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1,8 ss.)

La misma semblanza espiritual y moral de Jesús que se desprende de los relatos evangélicos es tan elevada y sobrehumana, que no puede ser creación de un genio humano y menos del anonimato colectivo. Como decía el mismo Rousseau sería «inconcebible que muchos hombres de acuerdo hubieran fabricado... y falseado el personaje de los Evangelios. Jamás autores judíos hubieran encontrado ni este tono ni esta moral. El Evangelio tiene caracteres de verdad tan grandes, tan claros, tan perfectamente inimitables, que el inventor sería más admirable que el héroe» (Émile, IV). En efecto, en la historia conocemos deificaciones artificiales de héroes que han dejado huella en un pueblo; conocemos también esas apoteosis progresivas, que poco a poco van deshumanizando el personaje histórico, para colocarlo en un trasmundo etéreo y sin contornos definidos. Pero en el caso de Cristo no encontramos huellas de esta glorificación progresiva hasta escalar las alturas de la divinidad. El Cristo de la fe sigue siendo el mismo Jesús de la historia con su plena y total humanidad. Lo divino aparece sin destruir lo humano, y a su vez lo humano está aureolado por lo divino, pero sin confundirse ambas esferas en la perspectiva del creyente; el cristiano de las primeras generaciones apostólicas no supone que Jesús sea un hombre divinizado, es decir, absorbido en lo divino, sino que la naturaleza humana permanece aun después de su glorificación. Por otra parte, la preocupación por mantener intacta la doctrina, por guardar el depósito de la fe sin cambios -preocupación consustancial al cristianismo desde sus comienzos- no solamente no favorece las «creaciones anónimas colectivas» ni las modificaciones progresivas, sino que las impide.

Además, los evangelistas eran judíos y, como tales, radicalmente monoteístas, sin propensión a divinizar a nadie, ni siquiera al esperado Mesías. ¿Cómo, pues, iban a sentirse tentados a divinizar a un judío contemporáneo que muere fracasado en la cruz? Los Apóstoles, gentes de pueblo, realistas y desconfiados, sólo creen lo que ven y palpan; por eso sólo después de la resurrección de Jesús se percatan de que Éste seguía viviendo a la diestra del Padre en igualdad de poder. Poseídos de esta visión del crucificado se lanzan por todos los ámbitos del Imperio a predicar que el Jesús de Nazaret, con el que han convivido, es el mismo Dios, el Creador de cielos y tierra.

Por lo que se refiere al ámbito romano, cuando se redactan los Evangelios, el tipo ideal filosófico es el estoico, impávido ante el dolor y la muerte. Ahora bien, los evangelistas lejos de crear un tipo ficticio, impasible ante el dolor, presentan a Jesús participando de todas las emociones de la vida en su dimensión noblemente humana. Jesús llora ante el sepulcro de su amigo Lázaro y ante la ciudad de Jerusalén, siente aversión al cáliz de dolor que le presenta el Padre, y antes de su muerte da un grito que puede parecer de angustia. Todo en la persona de Jesús es naturalidad y misterio al mismo tiempo. Su tipo ideal no encaja dentro de los moldes convencionales de las distintas escuelas filosóficas o pedagógicas, sino que las trasciende. «Cada hombre posee una fisonomía individual, consistente en que ciertas fuerzas, ciertas energías o ciertas cualidades se destacan en primera línea, mientras que otras, por ese mismo hecho, quedan relegadas al último término. Esta oposición de relieves y huecos, de luces y sombras sobre un fondo de naturaleza humana común a todos, constituye la fisonomía de los individuos. Ahora bien, ¿ocurre cosa parecida con Cristo? ¿Puede afirmarse que en El la razón, por ejemplo, predomina sobre el sentimiento, o viceversa? ¿Prevalece en Él la energía sobre la prudencia, o la prudencia sobre la energía? ¿Es la sensibilidad del corazón y una gravedad acompañada de seriedad lo que le caracteriza, o bien es la libre serenidad del pensamiento? ¿Es, como hoy se dice, un intelectual o bien un hombre de acción? Considerando cualquiera de sus rasgos nos sentimos siempre inclinados a tomar ese trazo como característica más saliente; yendo, empero, más allá, y escuchando la continuación de sus discursos, advertimos bien pronto que todos los demás rasgos de su persona gozan de un igual grado de relieve» (P. Morawski, cit. por P. Buisse, Jesús ante la crítica, Barcelona 1930, 25-26).

El mismo mensaje de Cristo está por encima de toda época y raza. Jesús es tan original en sus enseñanzas que rompe con la estrecha mentalidad judía. Como dice P. Morawski, «Sócrates, según las descripciones que nos han dejado sus discípulos, es griego hasta la médula de sus huesos; su idea del mundo parte del punto de vista helénico. Cicerón es romano de su época; la esfera de sus concepciones y sentimientos no es ni más amplia ni más distinta de la que permite el ambiente en que vivió. Un judío en la época de Cristo debía tener un horizonte de pensamientos y de sentimientos aún más restringido, a causa del espíritu nacionalista estrecho y fanático. Por el contrario, en Jesús todo aparece universalmente humano, todo parece situado más allá de las fronteras del espacio y del tiempo; todo en Él es igualmente accesible a cada época y a cada nación... ¿Hay alguien que al leer el Evangelio tenga la impresión de que Jesús de Nazaret es para él un extranjero?» (cit. por P. Buisse, o. c., 26).

La personalidad religiosa y moral de Jesús es un enigma psicológico; su proceder está fuera de todo posible paralelo histórico: «¿Puede concebirse que un joven sencillo, artesano, porfíe, por una parte, en modificar las convicciones mesiánicas de todo un pueblo obstinado, y por otra, que dé principio a su obra sin vacilaciones ni tanteos, con la plena conciencia, desde el primer momento, de la grandeza de sus designios; y lo que es más, con la certeza del triunfo? ¿Puede concebirse cómo ese hombre, que sabe y posee su ciencia del Padre eterno, revele al mismo tiempo en su conducta una humildad profunda y sin desfallecimientos? Semejante enigma psicológico..., ese tipo de belleza moral que resume en sí mismo el conjunto de todas las cualidades que los genios y los héroes no poseen sino en parte..., ningún autor hubiera podido inventarlo» (P. Buisse, o. c., 27).

Son tales los indicios de realismo en los relatos evangélicos, y tal la originalidad de la figura y mensaje de Jesús, que es imposible concebirlos como creación de un falsario. Así lo confiesa incluso el racionalista A. Jülicher: «Si la imagen total de Jesús de Nazaret que dan los Sinópticos despliega toda la magia de la realidad, no proviene ello del arte literario de los evangelistas, antes bien, éstos hubieran menester de él; ni tampoco ello deriva de la facultad creadora de poesía de hombres que les habían precedido, sino que obedece al hecho de que, humildemente aplicados a eclipsarse a sí mismos, describían a Jesús como lo habían encontrado descrito en las comunidades cristianas; y esa descripción que hallaban hecha enteramente respondía esencialmente al original... La semejanza del retrato es tal, que un maestro en Historia, equipado con todos los aparejos de la ciencia e iniciado en todas las técnicas del arte, no lo hubiera hecho mejor» (Einleitung in das Neue Testament, 7 ed. Tubinga 1931, 333). Por eso concluye J. Weiss: «Aun cuando descubriéramos hoy una inscripción en la que el procurador Poncio Pilato atestiguase solemnemente que había hecho crucificar tal o cual día a Jesús, este hecho no aumentaría la fuerza del testimonio contenido en los Evangelios» (Iesus von Nazareth Mythus oder Geschichte?, Tubinga 1910, 171).

Datos históricos sobre Jesús en los escritos paulinos

Pablo de Tarso escribiendo sus cartas, obra del siglo XVII
Pablo de Tarso escribiendo sus cartas, obra del siglo XVII

A pesar de que los escritos de San Pablo son de índole epistolar y ocasionales, es decir, dirigidos a iglesias locales con problemas particulares de carácter pastoral y doctrinal, encontramos tales datos alusivos a la vida de Jesús que fuerzan a cualquier lector objetivo a considerar a Pablo de Tarso no como un visionario místico que inventa un personaje, centro de sus lucubraciones teológicas de salvación, sino como a un Apóstol que trabaja sobre los datos de la tradición histórica reflejada en los Evangelios. Como tal, da por supuestos unos hechos que nadie de sus oyentes pone en duda. Puesto que no ha sido testigo inmediato de los hechos de Jesús, como lo eran los demás Apóstoles, no pretende descubrir nuevos datos sobre la vida del Maestro, y se atiene, como convertido, a los que le proporcionen los testigos inmediatos oculares que aún viven, y a los que en alguna ocasión apela para reforzar su doctrina, que no es distinta de la de los demás Apóstoles. Para su esquema catequético le bastan, en general, los hechos sustanciales: la encarnación real de Dios en un hombre de la dinastía davídica, su muerte en la cruz y su resurrección. Así, afirma que Cristo, «teniendo la forma (naturaleza) de Dios, se anonadó, tomando la forma (naturaleza) de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó... para que toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Philp 2,6-11).

Pablo no podía presentar ante la opinión de los fieles la riqueza de experiencias personales de los demás Apóstoles. Pero constantemente insiste en la humanidad real de Cristo. En primer lugar, presenta a Cristo apareciendo en un momento concreto de la historia, en la «plenitud de los tiempos» dentro del esquema de maduración de los designios salvíficos de Dios sobre la humanidad. Así dice en Gal 4,4: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo, nacido de mujer, bajo la Ley»; y en Rom 1,1-4 se dice de Cristo que es «nacido de la raza de David según la carne». Cristo, pues, pertenece realmente a la raza humana porque ha nacido de una mujer histórica, de la descendencia de David. Estas afirmaciones solemnes están hechas unos veinte años después de la muerte de Jesús, y antes de haber sido redactados los Evangelios sinópticos.

En otros textos de la Epístola a los Romanos se insiste en la pertenencia de Jesús a la raza de Abraham (Rom 8, 3-4; 9,3-5). En Gal 1,19 habla de Santiago, «hermano del Señor»; era el título honorífico y de veneración que los cristianos de Jerusalén daban a los parientes próximos de Jesús; y como tales gozaron de gran estima en la primitiva comunidad de Jerusalén. El texto de S. Pablo, pues, muestra que Jesús ha vivido en Palestina y en el seno de una familia conocida de los primeros cristianos de Jerusalén; no es un fantasma creado por su imaginación, por exigencias de un esquema teológico preconcebido. No necesita probar la existencia histórica de Jesús, que para él es la gran realidad como «Cristo crucificado, escándalo para los judíos y estulticia para los gentiles» (1 Cor 1,23). Así, un crucificado en Palestina era la base de la fe y la esperanza de Pablo y de los cristianos que catequiza. Era una realidad desconcertante, pero había que aceptarla como un hecho que tuvo lugar en un momento concreto en Jerusalén.

Cuando Pablo predicaba en torno a este hecho de la muerte redentora de Jesús, vivían aún centenares de personas que habían sido testigos oculares de la crucifixión de Jesús y de su resurrección. En las polémicas, Pablo remite a la autoridad de los testigos oculares, Cefas, Juan y Santiago, y a otros «quinientos hermanos a quienes se apareció Jesús resucitado, y de los cuales muchos viven aún» (1 Cor 15,6). Más tarde, escribiendo a Timoteo, dice que Jesús «hizo la buena confesión en presencia de Poncio Pilato» (1 Tim 6,13), personaje bien conocido en la historia evangélica y en los escritos de los historiadores romanos, así como en los de Flavio Josefo, de la generación inmediata posterior a la de Jesús. Y en 1 Cor 15,3-8 resume su predicación catequética con estas palabras bien concretas: «Pues a la verdad os he trasmitido lo que yo mismo he recibido, que Cristo murió por nuestros pecados..., que fue sepultado, que resucitó al tercer día... y que se apareció a Cefas, luego a los Doce. Después se apareció una vez a más de quinientos hermanos, de los cuales muchos viven todavía, y algunos murieron; luego se apareció a Santiago, luego a todos los apóstoles, y después de todos, como a un abortivo, se apareció a mí». Escribe esto S. Pablo apenas unos veinticinco años después de la desaparición del Maestro, cuando su recuerdo estaba aún fresco, y sobrevivían muchos de los que habían sido testigos de sus hechos, y habían oído sus palabras.

Aparte de las referencias a los hechos fundamentales de la vida de Jesús, el apóstol alude también a otros hechos y a sus enseñanzas concretas, citando sus palabras (1 Cor 7,10; Rom 14,14), incluso algunas no, recogidas por los evangelistas (1 Cor 9,14; 1 Tim 5,1; Rom 12,14.17). Habla de los «preceptos del Señor» (Gal 6,2; 1 Tim 5,18); y nos dice que Jesús abrazó una vida de pobreza (2 Cor 8,19), de sujeción a la Ley (Fil 2,8), de obediencia al Padre (Rom 5,15-19), de santidad (Rom 1,4), que se entregó voluntariamente a sus enemigos (Gal 1,4; 2,20) y a los judíos (1 Thes 2,19), a los príncipes de este mundo (Eph 1,7; 2,13). Antes de morir instituyó la Eucaristía (1 Cor 11,23-26). Murió por Pascua, en tiempo de los Ázimos (1 Cor 5,6-8). Los verdugos le suspendieron con clavos de la cruz (Col 2,12; 1 Cor 2,2), en las cercanías de Jerusalén (Heb 12,12). Sepultado (1 Cor 15,4), resucitó al tercer día (1 Thes 1,10; Gal 1,1; 1 Cor 6,14; 2 Cor 4,14). Por eso los cristianos consideran el domingo como día del Señor (1 Cor 16,2). Después de haber subido a los cielos (Eph 4,4-12), se halla sentado a la diestra del Padre (Eph 1,20; 2,6), de donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos (1 Thes 1,10; 4,16; 2 Thes 1,7; Philp 3,20). Todos estos rasgos que incidentalmente aparecen en la pluma de S. Pablo, tomados de diversas cartas ocasionales y con problemáticas diversas, reflejan bien la silueta de un ser histórico, centro de su mensaje teológico.

La existencia histórica de Jesús en los escritos judíos

Flavio Josefo. Antigüedades judías
Flavio Josefo. Antigüedades judías

El judaísmo oficial desde el principio mantuvo una actitud de hostilidad y desprecio hacia el movimiento religioso iniciado por el artesano de Nazaret, que se había arrogado títulos de profeta. Lo consideró una secta herética, al margen de los intereses nacionalistas de la sociedad judía. Por eso en sus escritos del s. I impera un silencio despectivo. Con todo, Flavio Josefo, escribiendo antes del final del s. I, alude a la persona histórica de Jesús de Nazaret en dos ocasiones. Hablando de Santiago el Menor, dice que era «hermano de Jesús, llamado Cristo»; y concreta que aquél fue muerto en el a. 62 de la Era común por intrigas del sumo sacerdote Hanán, hijo de Anás, que figura en los relatos evangélicos sobre la pasión de Jesús (F. Josefo, Antiquitates judaicae, XX,ix,1). Habla también de la muerte del Bautista, coincidiendo sustancialmente en sus apreciaciones con las afirmaciones de los evangelistas. En otro texto, el autor judío alude, de modo más concreto, a la persona de Jesús de Nazaret. En efecto, después de mencionar la violenta represión organizada por Pilato contra los judíos, con motivo de su proyecto de una nueva traída de aguas a Jerusalén, dice: «En ese tiempo fue cuando apareció Jesús, hombre sabio (si se le puede llamar hombre). Pues fue el ejecutor de obras admirables, el Maestro de los que reciben con alegría la verdad y arrastró a muchos judíos y a otros procedentes del helenismo. (Era el Cristo.) Denunciado por los de nuestra nación, Pilato le condenó a suplicio de cruz; mas quienes le habían amado desde el principio no cesaron de seguirle (porque se les apareció al tercer día resucitado, según lo habían anunciado los divinos profetas, así como otras maravillas). Y hasta el presente subsiste la secta que por seguirle ha recibido el nombre de cristianos» (F. Josefo, Antiq. jud., XVIII,iii,3).

Este singular texto ha sido muy discutido por la crítica por ser demasiado explícito y admirativo de la persona del fundador del cristianismo, cosa extraña en boca de un judío de una época en que los cristianos eran sistemáticamente odiados, despreciados y silenciados por los representantes del judaísmo. Con todo, Harnack, Sanday y Burkitt mantienen su autenticidad, mientras que Batiffol y Lagrange se inclinan por la negativa (sobre esta cuestión véase la amplia nota de L. de Grandmaison, o. c., 1,189 ss.). Entre las dos posiciones nos parece la más aceptable la opinión de Reinach, quien considera el texto fundamentalmente auténtico, aunque con interpolaciones cristianas de las frases admirativas que hemos puesto entre paréntesis. De hecho, la tradición manuscrita del pasaje es segura críticamente, ya que el texto aparece en todos los manuscritos de la obra de Flavio Josefo. Figura además en todas las versiones, incluso en versiones árabes anteriores a los manuscritos griegos más usuales, y es reproducido por Eusebio en su Historia eclesiástica. De otra parte, no cabe duda de que este escritor judío, que vivía en Roma y escribía a fines de la primera centuria, tenía que conocer la nueva secta y sus orígenes, aunque procurara silenciarla como solía hacer con todos los movimientos mesianistas que pudieran excitar el celo de los dominadores romanos. Es, pues, perfectamente verosímil una alusión incidental a la persona de Jesús y al movimiento religioso por él iniciado. Al texto en el que menciona a Santiago el Menor, «hermano de Jesús», no se le oponen reparos críticos.

En el Talmud de Jerusalén y en el de Babilonia se recogen muchos datos deformados de la vida de Jesús, dando interpretaciones sectarias o irreverentes a sus palabras, pero jamás se niega su existencia histórica. Un panfleto arameo llamado Tólédót Yeshua (Vida de Jesús) presenta una biografía caricaturesca, que es, como lo ha caracterizado un crítico moderno, «una explosión de bajo fanatismo, de sarcasmo odioso y de fantasía grosera» (L. de Grandmaison, o. c., I,11). Estas tradiciones talmúdicas fueron redactadas hacia el s. V, pero recogen otras anteriores, atribuidas a rabinos del s. II. En el Talmud de Babilonia se lee: «El día señalado para la ejecución, antes de la fiesta de la Pascua, se suspendió en un patíbulo a Jesús de Nazaret por haber seducido y engañado a Israel con sus encantamientos». A mediados del s. II San Justino pone en boca de un interlocutor judío, Trifón, unas palabras que reflejan lo que pensaban entonces los judíos de Jesús: «Jesús, el galileo, suscitó una secta impía y enemiga de la Ley. Nosotros lo crucificamos. Sus discípulos robaron su cadáver del sepulcro durante la noche. Y engañan y seducen a los hombres diciendo que resucitó y subió a los cielos». De todos estos testimonios se deduce que los judíos de los primeros siglos nunca pusieron en duda el hecho de la existencia de Jesús. Conocían incluso los Evangelios, a los que llamaban despectivamente Avengillajón (escrito malo).

Datos históricos sobre Jesús en los escritos paganos

Efigie figurada de Tácito
Efigie figurada de Tácito

El cristianismo surgió como un fermento que paulatinamente fue invadiendo la sociedad romana de abajo arriba. Por eso no podemos esperar en los escritores romanos de la generación apostólica alusiones concretas y explícitas sobre Jesús. Para los autores romanos de esos años, el movimiento cristiano era una simple secta de origen judío que carecía del relieve que les llevase a ocuparse de ella. Sólo en el s. II, cuando era una fuerza que con su credo religioso podía amenazar los pilares del Imperio, negando la divinidad del emperador, y proclamando la fraternidad universal de todos los hombres, los intelectuales romanos se preocuparon de atacarle. Los impugnadores del cristianismo de mediados del s. II —Celso y los gnósticos— tratan de desacreditar la persona de Jesús, pero jamás niegan su existencia histórica, conscientes de que eso hubiera desacreditado sus argumentaciones. De hecho, los apologistas cristianos que les salieron al paso —Ireneo, Justino— jamás tuvieron necesidad de entretenerse a probar el hecho de la existencia histórica de Jesús. Tertuliano, a fines del s. II, da con precisión fechas cruciales de la vida de Jesús: n. en el 41 del reinado de Augusto, m. a la edad de 30 años en el año quintodécimo de Tiberio, bajo el consulado de Rubelio Gemino y de Rufo Gemino, el 8 de las calendas de abril, el día de Pascua (Adversus Judaeos, 8). Por su parte, S. Justino, polemizando hacia el 150 de la Era cristiana con los judíos, en su Apología dirigida al emperador Antonino Pío y a sus hijos adoptivos, Marco Aurelio y Lucio Vero, presenta a Cristo nacido hace siglo y medio, en tiempo del censo de Cirenio (Quirino), en una aldea judía a 35 estadios de Jerusalén, y que fue crucificado bajo Poncio Pilato, o en tiempo de Tiberio; y apela a las actas oficiales redactadas bajo este Emperador (Apología I pro Christianis, 13,34.46; 35,13.53).

Para conocer los hechos del Imperio romano del s. I sólo disponemos de los datos de Tácito y Suetonio, que escribieron a principios del s. II. Pues bien, Tácito, escribiendo hacia el 116 habla del incendio de Roma por Nerón, afirma que éste, para disculparse, lo atribuyó a ciertas gentes detestadas por sus crímenes, a los que se les denomina cristianos: «Afflicti suppliciis christiani, genus humanum superstitionis novae ac maleficae» (Anuales, III, 15). El nombre de cristianos lo explica así: «Este nombre les viene de Cristo, al cual, bajo el principado de Tiberio, el procurador Poncio Pilato había entregado al suplicio; reprimida por el momento esta detestable superstición, penetró de nuevo no sólo en Judea, sino aun en Roma, adonde todo lo que hay de vergonzoso y afrentoso en el mundo afluye y encuentra su clientela» (o. c., 111,15.44). Tenemos aquí unas indicaciones precisas sobre la persona histórica de Cristo que coinciden con el marco histórico que dan los Evangelios. Quizá Tácito tomó sus datos de las actas imperiales, que sabemos manejó con profusión. Así, pues, según Tácito, la nueva secta tuvo origen en un ajusticiado judío que vivió en Palestina en tiempos de Poncio Pilato unos 80 años antes de redactar su obra. Nada de leyendas ni de mitos surgidos en una era lejana y oscura incontrolable por la crítica histórica.

Plinio el Joven, amigo de Tácito y gobernador de Bitinia, escribía hacia el a. 112 al emperador Trajano pidiendo normas para actuar contra los cristianos acusados en panfletos anónimos. Y describe la conducta de éstos: «tienen reuniones matinales, cantan en honor de un tal Cristo, al que consideran como Dios; se comprometen con juramento a no cometer crímenes, hurtos, latrocinios, adulterios, a no faltar a la fidelidad; se reúnen para comer en comunidad» (Plinii Secundi, Epistolae, X,96). Y Suetonio parece aludir a Cristo cuándo habla incidentalmente de la expulsión de los judíos por el emperador Claudio en el 51-52, en estos términos: «Expulsó de Roma a los judíos, los cuales bajo el impulso de Chresto (impulsore Chresto) han sido una causa permanente de disturbios» (Vita Claudii, 25,4). Quizá los disturbios provinieron de los judíos que se revolvían contra la nueva secta de cristianos. En Act 18,3 se alude a un matrimonio judeo-cristiano expulsado de Roma bajo Claudio en el a. 52.

Éstos son los textos de los escritores paganos romanos de los siglos I y II en los que se alude a la persona de Jesús. Son en realidad incidentales, como conviene a la perspectiva de unos testigos que aún no lo han sido del pleno desarrollo del nuevo movimiento religioso. Si se conservaran las crónicas imperiales del s. I seguramente encontraríamos alusiones a los conflictos locales con las comunidades cristianas, como aparece en la carta de Plinio el joven.

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Bibliografía adicional

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Véase también


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